miércoles, 27 de agosto de 2014

Reivindicando a un olvidado: Juan G. Atienza

García Atienza, Juan (1967),
La maquina de matar.
Barcelona: Edhasa.


Entre los narradores (más bien cuentistas) de la primera generación de escritores espa­ñoles de ciencia ficción (excluyendo a los autores de bolsilibros, muchos desconocedores del género), uno de los más destacados, si no el más exitoso, fue Juan G. Atienza (1930-2011). Durante aproximadamente una década, además de su trabajo como guionista de televisión y ocasional director (Los dinamiteros, 1964), Atienza intentó impulsar la ciencia ficción en España dentro de Televisión Española, por desgracia sin éxito. Entre 1965 y 1974, por tanto, estuvo muy vinculado con el género y fruto de ello ha sido la casi cincuentena de relatos que nos ha dejado. Después, sus intereses cambiaron ante un cambio en su trayectoria profesional, cuando TVE le reclamó para ocuparse de un programa sobre leyendas españolas. A partir de ese punto Atienza vino a convertirse en uno de los mayores especialista en mitos y leyendas hispanas, con obras como Leyendas del camino de Santiago (1998). Como consecuencia, desapareció del panorama de la CF nacional.

Entre las primeras obras de esa década, están los dos libros que firmó dentro de la primera etapa de la mítica colección Nebulae, de Edhasa. El primero fue el que aquí nos ocupa, La máquina de matar (1966), conformado por siete relatos. El segundo llegó al año siguiente, Los viajeros de las gafas azules, que incluye dos novelas cortas y sobre el que ya hablé previamente. Ambas son obras iniciales en la narrativa de Atienza, pues sus mejores relatos aparecerían con posterioridad, distribuidos entre la revista Nueva dimensión y varias antologías publicadas en los años setenta. No obstante, en su participación en Nebulae se aprecia ese trabajo por adquirir la destreza de la escritura.

Como he señalado, La máquina de matar se compone de siete relatos. El primero de ellos es el que da título a la colección. Se trata de un relato posapocalíptico centrado en cuatro personajes, cuatro expedicionarios que abandonan la seguridad de su tribu en el Valle para explorar el resto del mundo. Lo curioso en este cuento es que Atienza no se vale de este subgénero (tan en boga durante la amenaza nuclear constante de la Guerra Fría) para explorar el instinto animal y de supervivencia humano, sino para analizar la corrupción de la humanidad por parte de la tecnología, en este caso, la pistola que los cuatro hombres llaman la 'máquina de matar'.

Para ello, Atienza parte de la representación idílica de la naturaleza humana mediante la con­vivencia en sociedad, una postura en la línea del filósofo Locke, al describir los éxitos de la comu­nidad del Valle, gobernada por el Viejo, personaje conocedor del mundo anterior, el de las máqui­nas: “La violencia entre ellos era inútil, porque cada uno necesitaba de todos los demás para sobre­vivir”. Ante la esperanza de una cosecha futura de maíz gracias a unas semillas que han encontrado, los cuatro jóvenes más fuertes del Valle, Hank, Wil, Phil y Rad saldrán al exterior para ver si en­cuentran más sobrevivientes. Será en ese viaje donde encuentren el arma, que irá corrompiendo a cada uno de ellos, volviéndoles vanidosos, ansioso de poder. El arma desencadena la tragedia e irá provocando la muerte a cada uno de ellos. En este objeto mortífero esconde Atienza su crítica a nuestro tiempo: es el uso que la humanidad hace de la tecnología lo que nos conducirá a nuestro propio final.

El resto de relatos no poseen la misma fuerza que el primero. Algunos constituyen textos me­nores. Entre ellos está “Lo puesto y un paraguas”, sobre el descubrimiento fortuito de una gran in­vención, el productor de iones antigravitatorios que permite los viajes espaciales. Sin embargo, el mérito no es de su supuesto inventor, el profesor Griffin, sino que este lo interpretó de las fórmulas escritas en un cuadernillo que le llega por azar. El relato cuenta precisamente ese azar, pero no desvela el origen, sólo alude indirectamente a un posible primer contacto con un extraterrestre que muere a manos de un granjero.

Parecido resultado ofrece “Siete vidas de gato”, donde Atienza mezcla la CF con el humor. Aquí un multimillonario, Stephanos Yannakopoulos, desea huir de la muerte (tiene un cáncer en es­tado terminal) y se somete como cobaya a un experimento de criogenización, pero en cada despertar futuro algo le hace estar disconforme y vuelve a criogenizarse. Finalmente despierta en un futuro donde en la Tierra ya no hay humanos, sólo robots. Cuando realmente quiere morir, no puede, le han hecho inmortal, está atrapado hasta el final de los tiempos. De ahí la ironía, huyendo de la muerte, acaba cayendo en su propia trampa.

Tampoco sobresale mucho entre los cuentos de la época “Previstos cincuenta muertos”, sobre la intervención de unos extraterrestres en los acontecimientos de la Tierra, en concreto, durante la celebración de unos juegos de guerra. Su intrusión provoca que en la acción militar humana sólo haya habido catorce muertos de los cincuenta previstos. Por ello, cada fragmento relata cómo los treinta y seis supervivientes se van salvando milagrosamente, de forma inexplicable, y cómo los catorce que fallecen lo hacen en un choque aéreo por avistar la nave alienígena, el platillo volante. Nuevamente un intento de introducir el humor en la CF.

Entre los siete cuentos del volumen, dos presentan la curiosidad de incluir herramientas del género de lo fantástico, puesto que se construyen en torno a un misterio, que tiene que investigar el protagonista, quien entra en el juego de forma fortuita e involuntaria. Pero finalmente el misterio se desvela con una explicación racional y el relato adquiere una naturaleza propiamente fictocientífica, convirtiendo el fenómeno paranormal en un nóvum o innovación que construye el relato. Son los casos de “Juegos” y de “Espacio vital”. En ambos, los misterios son asesinatos sin resolver donde la policía es incapaz de encontrar la clave y cuyos protagonistas son científicos (un psicólogo infantil y un forense), hombres de ciencia que indagan hasta llegar al fondo del asunto, hasta desentrañar la explicación lógica de los hechos. Lo que varía es la explicación del extraño suceso: el primero de los relatos juega con los viajes en el tiempo como justificación narrativa, y el segundo con los uni­versos paralelos.

Finalmente, “Los adivinos” tampoco es un texto muy logrado. Aquí aparece una trama más propia del espionaje y el elemento fictocientífico es la construcción de un superordenador, el cual, tras serle introducidos todos los datos de la historia, pueda predecir eventos futuros. La visión de las computadoras en los años sesenta en España resulta hoy en día anticuada e inverosímil, así como la idea de predicción futura. El cuento, alargado innecesariamente, complica la trama sin saber bien hacia dónde dirigirse ni dónde detenerse. El final cojea y no presenta una conclusión firme.

Por las razones aquí argüidas, se puede deducir que en La máquina de matar todavía no tene­mos a un Atienza maduro y diestro con la pluma. Los argumentos no adquieren personalidad, no escapan de tópicos del género, algunos de ellos muy anticuados para el momento en que fueron publicados si se mira el panorama internacional de la ciencia ficción. Al nivel narrativo, Atienza todavía no juega con una amplia gama de discursos, como hará en relatos posteriores, sino que se limita a un modelo de escritura tradicional, casi decimonónico, que prioriza la comprensión del lector del mundo ficcional narrado. Como consecuencia, todavía habría que esperar un poco para encontrar los mejores relatos de Atienza, donde explota las posibilidades narrativas y reflexivas que permite la ciencia ficción.