jueves, 2 de julio de 2009

ADIOS AL HOMO SAPIENS


Revisión de El fin de la Infancia, de Arthur C. Clarke



Todavía reciente su fallecimiento -afamada pluma nonagenaria-, Arthur C. Clarke nos ha legado un puñado de obras que no se rinden al olvido del tiempo. Este autor inglés, siempre al tanto de las innovaciones científicas, es conocido principalmente por la escritura del guión de 2001: una odisea en el espacio (2001: a space Odessy, 1968), gran obra maestra cinematográfica de Stanley Kubrick.


El fin de la infancia se puede situar en una etapa del autor en que se halla muy influido por la metafísica y la mística. Se muestra, en una imagen que ha influenciado muchas producciones del género, la llegada de naves alienígenas sobre las ciudades más importantes del planeta. Estos extraterrestres pretenden eliminar los desmanes del hombre y purificar la sociedad de vicios y corrupciones.


Al principio la estructura de la novela se me asemeja a los pequeños episodios englobados de la serie fundación de Asimov. La llegada de los superseñores (en inglés overlords), la reacción de los humanos, la investigación por descubrir su identidad, después sus planes, la convivencia entre humanos y alienígenas, etc. Con esos pequeños episodios va avanzando la trama principal, desarrollado por un protagonismo colectivo.


Primero se narra la exploración espacial, motivo por el cual llegan los superseñores a la Tierra. Después tenemos un par de historias centradas en el personaje del finés Stormgren –momento que aprovecho para criticar el exceso de americanismo en los gentilicios de la novela-, único contacto humano con los superseñores. El primer episodio el secuestro de este por una entidad antialienígena; el segundo por desvelar la identidad de los superseñores, aún ocultos a los humanos.


Después cambiamos de personajes. El misterio se centra en torno al lugar de origen de los superseñores y un personaje, Jan Rodricks, encuentra una forma de llegar allí, como polizón en la nave de los extraterrestres, igual que Jonás en la ballena. Este episodio se mezcla con una sesión de espiritismo donde conocemos las coordenadas del planeta de los superseñores.


Seguidamente se narra el proyecto de una colonia cultural en dos islas: Nueva Esparta y Nueva Atenas, emulando el proceso histórico ocurrido en la antigua Grecia en el siglo IV A. C. Pero aparece un cierto alo de misterio. No me malinterpreten. El misterio en torno a los superseñores está presente desde su llegada a la tierra, narrada en las primeras páginas. No obstante, el narrador va introduciendo sutilmente detalles que hacen pensar en un plan oculto de los nuevos amos del planeta. Los humanos especulan, pero yerran en sus previsiones.

La novela se nutre de fuerza dramática con el giro cercano al final en que se descubre la verdad. Se intercambian los papeles. Los superseñores son simples servidores de un ente más poderoso y los humanos, antes simples siervos, están destinados a trascender y formar parte de ese poderoso ente –clara herencia de Hacedor de Estrellas (Starmaker), de O. Stapledon, ya comentada en este blog-.


Clarke plantea que el progreso humano está limitado por el árbol de la ciencia. Un árbol que no puede crecer más allá de ciertas dimensiones. En El fin de la infancia plantea la evolución humana en la trascendencia más allá de la materia. Apoya su desarrollo en la oscuridad de la mente humana, precisamente el órgano humano más desconocido por la ciencia médica actual. Para Clarke aquí se encuentra el poder de los hombres, pues todos los velos de misterio erigidos se centraban en el esoterismo y la superchería, esos oscuros poderes de la mente human cuya creencia es materia de discusión todavía en los tiempos que corren.


Para ofrecer verosimilitud a este proceso evolutivo, no se explica el porqué, tan sólo se remite al enigma de la telepatía o poderes mentales paranormales. Los superseñores, enclaustrados en la materia, desconocen este misterio. Así que al lector no le queda mayor solución que creer en lo narrado. Más allá de la ciencia ficción se adentra en lo maravilloso, es decir, en un hecho insólito que carece de alguna explicación dentro de las leyes que rigen nuestra realidad. Pero sucede. La raza humana trasciende, escapa el alma del cuerpo y cobra entidad propia, independiente. El periodo infantil del hombre quedaba marcado por su cuerpo corrompible, pero ahora ya no tiene límites.


El final, por lo tanto, resulta tan desalentador como esperanzado: la muerte del último homo sapiens que observa la transformación de los antiguos miembros de su raza en energía. Queda al lector posicionarse en el vaso medio lleno o el vaso medio vacío. Sin embargo, la mirada triste de Karellen, el superseñor que organizó el proyecto del despertar humano, al observar la tierra, el final de su labor en el Sistema Solar, y con ello, ser consciente nuevamente de su limitación, conlleva una visión positiva. El hombre, tan débil, tan insignificante, ha conseguido lo que no logra la ciencia de Karellen.


Como apunte final, destaco el dominio de la voz narradora de la información, que, dosificada, aparece en el momento exacto, introduciendo al lector lentamente en la presentación del mundo ficticio de la obra y en el desarrollo de la trama. También se observa intrínsecamente las ideas liberales de Clarke en su denuncia a espectáculos que maltraten animales –las corridas de toros- o preconizando una libertad sexual, sin duda ideas avanzadas para el momento de publicación de la obra, 1953.



Fotos tomadas de:

[www.latimes.com/media/photo/2008-03/36899638.jpg]

[http://agaudi.files.wordpress.com/2009/02/el-fin-de-la-infancia.jpg]


1 comentario:

Orsini dijo...

Un grande, sin dudas. El Gran Arthur.