domingo, 23 de mayo de 2010

La Nave, de Tomás Salvador

Tomás Salvador

LA NAVE

Destino, Barcelona, 1939


La primera incursión en el género de un autor consagrado del mainstreim tiene como resultado una de las mejores obras de CF españolas. La obra no es ninguna novedad dentro del género, se incluye en la variante de las naves generacionales, y similar a La nave estelar de Bran W. Aldiss (1958). Aquí Salvador aborda la pérdida de la memoria con la sucesión de generaciones que se van alternando en la Nave.


Salvador se propone, fuera de cuestiones técnicas y científicas, realizar una obra pura de CF mediante la especulación sociológica. En la novela la Nave es el equivalente a Dios, cubre sus necesidades vitales y sus habitantes la adoran con devoción. Esa circunstancia es la que favorece el olvido, la pérdida de la memoria e incluso del valor del tiempo. En la tradición sólo sobrevive la técnica, sin ser entendida. La ciencia se ha perdido por completo. La mente degenera, se pierde la lógica y se convierten en niños, pues se menguan sus fronteras mentales.


La novela se estructura en tres partes bien diferenciadas, incluso por la voz narradora. Los cambios del narrador muestran cierta experimentación y ofrecen dinamismo a la novela que por la historia podía peligrar en un ritmo monótono que hastiase al lector. Este aspecto se corresponde con la enorme preocupación que el autor muestra por el lenguaje y la relación de éste con el conocimiento, que se convierten en un elemento indispensable para la liberación humana, una postura claramente platónica.

La primera parte se narra como un diario, donde conocemos al protagonista, Shim, desde las primeras entradas. Se le ha encargado la labor de redactar el libro de bitácora, tradición que se mantiene, pero cuyo propósito se ha perdido en el paso de las generaciones. Shim nos explica como es la Nave, como se organiza y, después, dada su inquietud, indagará en el Libro, la memoria histórica de la Nave. Así descubre al lector todas las razones que preceden a la situación donde se encuentran, le pone en antecedentes. El conocimiento le crea la duda, el relativismo, debe buscar una explicación a la tradición. De esta forma el protagonista se posiciona ante la degradación sufrida por los habitantes de la Nave, las injusticias del sistema social vigente y la pobreza intelectual que domina tanto a los kros (los poderosos que mantienen la tecnología) como a los wit (los bárbaros e inferiores de los niveles oscuros de la Nave). La última anotación de Shim queda interrumpida cuando debe ir a ver al gobernante Mei-Lum Faro con la intención de convencerle de que se debe mejorar, que se está perdiendo la humanidad de los habitantes de la Nave. La pérdida se ve reflejada en la oscuridad que va tiñendo el interior, en la luces que se apagan progresivamente. Finaliza con una inscripción del ayudante de Shim, Beni, que toma el Libro en una breve entrada para indicar cuál ha sido el destino de su maestro y que el Libro debe ser abandonado.

La segunda parte posee una narración tradicional, en tercera persona, centrada en el protagonista. Aquí Shim es recogido por el pueblo wit tras ser castigado por Faro: le cortan las manos y le destierran. Shim aprenderá a vivir con los wit, descubrirá sus secretos y la fuerza de la supervivencia, que otorga esperanzas al escriba mutilado. Se presenta la paradoja de que los bárbaros son en realidad otro modelo de civilización, un modo de adaptarse a la difícil vida de la nave sin la tecnología que mantienen los kros: su tradición es oral y demuestran la propiedad del ingenio humano ideando nuevos artilugios para mejorar su condición de vida. Con los wit Shim descubrirá la facultad de la luz. Y ello supone el renacimiento tras una etapa oscura y retrógrada que invadía la Nave. La luz disipa las tinieblas de la ignorancia que a su vez genera miedo. Se convierte el portador de la esperanza para los habitantes de la Nave.

La tercera parte, el canto de Natto, es la más floja. Ya en la introducción Salvador alude a la recreación de las literaturas nacionales mediante los cantos épicos. La Nave no podía ser distinta, y el bardo Natto realiza su cantar con los últimos días de Shim, ya nombrado Navarca. La pretensión del autor es realizar algo similar al Cantar del Mio Cid, pero el resultado queda pobre. Ignora casi todas las variantes formales de la épica medieval y se abandona a un verso libre, largo, excesivamente narrativo y, por ende, poco poético. Aunque anisosilábicos, los versos carecen de cesura y no se estructuran en tiradas de rima sonante. Además, Salvador incluye un exceso de pausas dentro de los versos, muchas veces provocando encabalgamientos abruptos, poco visibles en los poemas épicos medievales. En mi opinión dicho aspecto resta valor literario a una idea que originariamente resulta sensacional. Además, Natto adquiere excesiva subjetividad introduciendo y cerrando su canción y ofreciendo muchos rasgos de su carácter, como el de borracho, mujeriego y cobarde.


La importancia de la tradición, donde los prejuicios sociales y el miedo al cambio impiden conocer la realidad que porta el protagonista, se constituye en la base de la novela. Los símbolos de la luz como conocimiento, la relevancia del lenguaje como vía de acceso al mismo son elementos claves en La Nave. La novela destila una construcción bien concienciada, por parte de un autor buen conocedor del género, y no un simple ejercicio de estilo. Salvador era muy consciente de las posibilidades literarias que le permitiría la ciencia ficción, la cual seguiría practicando en años posteriores de su producción literaria, como se observa, por ejemplo, en Marsuf, el vagabundo del espacio, o en la trilogía Y, T y K (Killer).


La calidad de La Nave destaca tan sólo al rastrear su repercusión por el mundo del fandom: los artículos de Alfredo Benítez Gutiérrez (el principal defensor entre los aficionados de la labor de Tomás Salvador en pro de la CF); otro de Carlo Fabretti en el número 44 de Nueva Dimensión (ND), un apartado de Juan Manuel Santiago en Las 100 mejores novelas de Ciencia Ficción del siglo XX; otro artículo de Francisco José Súñer Iglesias en Pórtico 19; el artículo -que recopila los anteriores- de Pedro A. García Bilbao en La Ciencia Ficción Española de ediciones Robel (2002); una tesis de Oscar Casado exclusiva sobre la obra (Interpretación y apertura de una obra española de Ciencia Ficción: La Nave de Tomás Salvador); e incluso el apartado que le dedica Fernando Ángel Moreno Serrano en su tesis (La Ciencia Ficción en España: 1950-2000).


[Imágenes tomadas de:
http://tienda.cyberdark.net/ximg/opImg/bnave.jpg
y http://librodenotas.com/images/546.jpg]

viernes, 9 de abril de 2010

CIENCIA FICCIÓN EN LA ARGENTINA

LA CIENCIA FICCIÓN ARGENTINA
Comp.: Marcial Souto
EUDEBA, Buenos Aires, 1985.

Encontré en la biblioteca una antología de La ciencia ficción en la argentina, compilada por Marcial Souto (EUDEBA, Buenos Aires, 1985). La obra la conforman ocho relatos breves y dos extensos e intenta ofrecer una visión plural del cultivo del género en el país sudamericano. Sin embargo, su lectura me ha decepcionado y el conjunto de la compilación me ha parecido flojo [Sólo juzgo aquí la presente antología, no todo el cultivo del género en Argentina].

Para empezar, varios de los cuentos difícilmente se pueden encuadrar dentro del género fantacientífico. No me molesta que no sean ciencia ficción. Su lectura me ha resultado amena -en especial 'Sinfonía cero', de Carlos Gardini-, pero son, obviamente, relatos fantásticos. Esto crea una impresión de relleno y de falsedad, porque no se acogen a lo que promete el título de la antología.

Por ejemplo, 'Las escamas del señor Crisolaras', de Rogelio Ramos Signes, donde la mujer del protagonista homónimo narra como su marido se obsesiona por matar hormigas en el patio de su casa, remueve la tierra buscándolas, construye túneles y termina por convertirse en una hormiga gigante. Es un relato de transformaciones, una metamorfosis fantástica carente de explicación alguna.

Otro tanto se puede decir de 'La sueñera', de Ana María Shua, estructurado en varios microrrelatos que juegan con la frágil división entre realidad y sueño, creando superposiciones y paradojas entre ambos contrarios. Yo no hallo la ciencia ficción por ninguna parte.

Con 'Quiramir', de Eduardo Abel Giménez, encontramos un narrador ambiguo que vive en una ciudad subterránea porque la superficie del planeta es inhabitable. El género aparece sólo en los aspectos del futuro apocalíptico, pero en el fondo toda la narración es alegórica, así lo aclara el narrador al final del relato, cuando pone al descubierto incluso el propio proceso creativo:

“Podría decirte que Quiramir no es nada de lo que te estoy describiendo, sino un lugar vacío, un papel en blanco, donde se puede escribir lo que uno quiera con la seguridad de que, dentro de ese marco, lo que uno diga sea cierto, aunque no más concreto que los proyectos de un insomne [...]. Puede ser tu propia ciudad la que pretendo mostrarte, cuando te encuentro en medio del Puente de los Artesanos y te saludo levantando la visera de mi casco” (152).


Más estupefacto me dejó la lectura de 'Sobre las rocas', de Elvio E. Gandolfo, donde se cuenta la vida de un señor gordo que vive en una rocas de una playa alejada de una pequeña población de pescadores. Un día el hombre se queda solo porque los pescadores y los niños que solían pasar por allí no vuelven. Tras un largo periodo, aparece una vieja, que se ríe de él constantemente. Al final el gordo pregunta a la vieja que fue de los demás, y ésta responde que todos murieron. De ello se deduce una especie de apocalipsis o fin de la humanidad y que ellos son los dos únicos supervivientes.

La misma reacción me produjo 'Carteles', de Sergio Gaut Vel Hartman. Un hombre sale de casa y en la calle está rodeado de constantes carteles publicitarios. De repente estallan las luces y llega la oscuridad. Todo el mundo se asusta menos él. Entonces un cartel anuncia el inicio de una nueva realidad y nuestro protagonista se ha transformado en un cartel publicitario, lleno de etiquetas. Da la impresión de que ha atravesado el espejo, que ha pasado a la otra realidad, pero ese final queda abierto a la opinión del lector.

El relato más extenso de todos, 'Sinfonía cero', de Carlos Gardini, se subdivide en pequeñas historietas sobre un lugar extraño y acrónico (el tiempo no existe): la Llanura. Su llegada al lugar se produce porque sí, sin explicación, ni método ni tecnología alguno. El estilo me ha recordado a The Martian Chronicles, de Bradbury, pero no así el contenido. Cada historieta se transforma en una crítica encubierta de algún aspecto de la sociedad: la insatisfacción, la guerra, la vejez, la hipocresía... Es curioso por la cantidad de paradojas que presenta y los ricos juegos de palabras que contiene.

Para otro de los autores, Eduardo Goligorsky, la ciencia ficción es un pretexto para dar pie a sus pulsiones ideológicas. No obstante, su relato, 'En el último reducto', está narrado de forma ingeniosa porque se plantean dos planos superpuestos, con dos narradores diferentes cada uno, y además ofrece sólo un fragmento de vida, el final del protagonista. La historia está, por tanto, llena de vacíos que el lector debe completar.

De mediocre calidad, pero divertido en su lectura, es el relato de Alberto Vanasco, 'Post-bombum', que abre una vía hacia el humor. Los supervivientes a un apocalipsis se unen para reconstruir los saberes de la humanidad a base de yerros y falacias. El resultado es un cómico puzzle donde la mitad de las piezas faltan y la otra mitad han encajado forzosamente.

También hay espacio para la metafísica, con el relato de Juan Jacobo Bajarlia, 'Los sueños del innominado'. En mi opinión es un tributo a Starmaker, de Stapledon, con una entidad suprema, inaprehensible, que sueña consigo misma y termina por destruir la eternidad para no enfrentarse a su otro yo del sueño.

Considero que el mejor relato de la colección es 'Bajo las jubeas en flor', de Angélica Gorodischer. Aquí se nos narra la historia de un explorador espacial que es encerrado en un asilo mental del planeta que visita, y sin saber la razón. Va fraguando un plan de fuga, pero su convivencia con los otros internos, a quienes no entiende en absoluto, empeora. Las prácticas de éstos le desorientan, pues hablan de temas banales durante todo el día, y por la noche realizan orgías homosexuales. Los presos se organizan por grupos, cada uno dirigido por un venerable anciano. Cuando el anciano escoge al protagonista para ser sodomizado por el resto, éste se revela y asesina al sabio. Al día siguiente se enteran las autoridades, y dada la gravedad del delito (el asesinato no tenía precedentes en ese planeta), el protagonista es obligado a abandonar el planeta en su nave.

Dos aspectos me parece que se repiten en muchos de los relatos aquí recogidos. El primero es que la mayoría de ellos presentan un final abierto que obliga al lector a cerrar la historia o a reconstruir los que está sucediendo. El segundo es la gran carga de fantasía que tienen, que creo se debe a la tradición literaria del país y menciono en este punto, por ejemplo, a Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares o Julio Cortázar, y del vecino Uruguay a Horacio Quiroga.

También hay dos elementos que sí quiero destacar se esta antología. El primero es la 'Introducción', donde Marcial Souto nos esboza con tres breves pinceladas la historia del género en la Argentina, y la segunda son las entrevistas que siguen a los relatos, donde se puede conocer mejor a los autores, pues hablan de su modo de trabajar, sus opiniones sobre la ciencia ficción, sus fuentes literarias y su postura ideológica.

jueves, 4 de marzo de 2010

CRÍTICA A AVATAR

Mucho ha sorprendido la nueva película de James Cameron. Muchas críticas y reacciones de muy diversa índole ha despertado a lo largo y ancho del planeta. Sin duda, por sus espectaculares efectos especiales y el gran trabajo que han supuesto, merece los elogios que recibe. Sin embargo, tras analizar detenidamente el film, mi valoración no es tan positiva, pues el argumento me parece ramplón y propio de una space-opera.

En gran parte parece una film de sobremesa. La historia es de lo más simplona y predecible. Yo la reduzco al argumento de una película de indios y vaqueros, o más concretamente la historia de John Smith y la indígena Pocahontas. La diferencia es que aquí la clave fantacientífica da pie a Cameron para una reinterpretación de la historia donde son los indios los vencedores, o, interpretándolo en otro nivel, la victoria de las fuerzas de la naturaleza frente a la tecnología. También puede verse como una crítica al colonialismo, que recuerda a ese maravilloso diálogo del personaje Snaut en Solaris, de Lem (también citado anteriormente en este blog):


“No queremos conquistar el cosmos, sólo queremos extender la tierra hasta los lindes del cosmos. Para nosotros, tal planeta es árido como el Sahara, tal otro glacial como el Polo Norte, un tercero lujurioso como la Amazonia. Somos humanitarios y caballerosos, no queremos someter a otras razas, queremos simplemente transmitirles nuestros valores y apoderarnos en cambio de un patrimonio ajeno. Nos consideramos los caballeros del Santo Contacto. Es otra mentira. No tenemos necesidad de otros mundos. Lo que necesitamos son espejos” (Pág. 87-88. Edición de Minotuaro)


En este aspecto, lo más curioso que me resulto de Avatar fue el concepto de la conexión sináptica entre el mundo aborigen y su fauna animal, lo que justifica esa presencia espiritual de la naturaleza, que domina incluso la mística de los indígenas. Todo en Pandora está supeditado a la Diosa Madre, la Naturaleza, la enemiga de la tecnología, que es la intrusa traída los humanos.

Indudablemente, lo más especial es el espectáculo visual que presenta, con una rico cromatismo y una naturaleza rica y misteriosa en un ecosistema coherente y equilibrado. Desde luego, este aspecto me recuerda lo que hace especial a su director, su minuciosidad en los pequeños detalles. Como ejemplo, rememoro, en Terminator II, la imagen en que el terminator, interpretado por Schwarzenegger, saca la recortada de la caja de rosas, las cuales caen al suelo y después el ciborg pisotea una de ellas.

En mi opinión, prefiero esta otra obra en la filmografía de Cameron que su nueva creación. Terminator II es una película de acción con una reflexión detrás, en especial gracias al personaje de Sarah Connor (Linda Hamilton). Con las imágenes de la carretera de fondo, ella se pregunta acerca del futuro, si el destino del hombre está fijado de antemano, si nos queda libre albedrío en nuestra vida, si somos nosotros los que forjamos el mañana.

En conclusión, Avatar tiene mucho de bombo y poco de sustancia, un caramelo de envoltorio llamativo, pero insípido. Personalmente, he disfrutado más con películas de menos efectos especiales, pero argumentos más sólidos y reflexivos. Recomendaría ver esta película, pero no la incluiría en mi filmografía selecta del género fantacientífico.

domingo, 31 de enero de 2010

EL OTUSIDER

Revisión de los clásicos:
Mi nombre es legión, de Roger Zelazny.


Constituido por tres relatos, Mi nombre es legión, de Roger Zelazny, presenta varios trabajos de su narrador protagonista, un outsider que sobrevive ajeno en un mundo donde todo está registrado y controlado. Sin duda, un problema que se vislumbraba en la época en que el autor escribió el libro, pero que resulta más acuciante en nuestros días.


Como señalaba en el párrafo anterior, desde el primer relato el protagonista se presenta como un outsider, individuo ajeno al sistema, que entra y sale de él según su conveniencia. Cada una de las tres historias que componen este libro corresponden a un trabajo que le encarga su contacto con el sistema. No se trata del individuo que desde fuera puede presentar una óptica más crítica del sistema dominante, sino que su pretensión es sencilla: simple supervivencia. Cualquier crítica al sistema imperante queda ajena al protagonista, aunque encubierta en la novela.


La primera de las historias comienza in medias res (a la mitad) y después, mediante una larga analepsis (fashback o salto hacia atrás en la narración) se nos narra el cómo y el porqué de la situación inicial que resulta desconcertante al lector, es decir, se narra cómo el protagonista evade el registro masivo que realiza el sistema para tenerlo todo bajo su control y cómo después empieza a trabajar como agente fantasma, para concluir con la explicación de su actual trabajo, un extraño proyecto llamado RUMOKO, que da título a esta parte de la obra. Dicho proyecto pone en peligro la integridad de casco protector de algunas ciudades construidas en el fondo del océano.


El relato toma diversos elementos policiales y nos encontramos con el protagonista que pretende desvelar una posible sabotaje, pero en este caso, igual que en las otras dos historias, la resolución resulta azarosa, no fruto de la labor del protagonista, sino más bien como golpes de suerte, lo cual redunda en la cualidad del personaje mencionada más arriba: su capacidad de supervivencia.


El segundo relato nos presenta un centro de investigación con delfines cuya inteligencia ha sido mejorada. A estos mamíferos acuáticos se les acusa de asesinar a uno de sus cuidadores y el protagonista debe investigar y demostrar su inocencia. Por medio de una telépata, defensora de estos animales, el protagonista descubre un trío amoroso y un negocio lucrativo de diamantes procedentes de un barco hundido. Al final el motivo del crimen son los celos y la avaricia de los cuidadores, y los delfines quedan absueltos. A mi juicio ésta es la más floja de las tres historias, sin mencionar la farragosa y densa conversación entre el personaje principal y la telépata.


Finalmente, la última parte, 'la vuelta del verdugo', destaca sobre los otros dos relatos, los cuales parecen un complemento diseñado por el autor para transformar un relato breve en una novela. En esta ocasión el protagonista es contratado para proteger a un político que trabajó en un proyecto de robótica con fines de exploración espacial. En dicho proyecto dieron origen a una IA, similar a la humana, que tras una crisis moral, decide retornar a la Tierra para acabar con sus creadores.


En esta ocasión se observa un precepto prototípico de la ciencia ficción que da lugar a que el autor, mediante el diálogo de sus personajes, se explaye en detalles sobre la creación y desarrollo de la IA. Los personajes aparecen con una mayor profundidad psicológica y el protagonista presenta una mayor vinculación con el caso, dado que esta vez se relaciona con su pasado, la vida previa a su situación de outsider.


También aparece una reflexión más detallada sobre el sistema de registro total que dicta en el mundo de la novela y contra el cual el protagonista se revela viviendo al margen, aunque este detalle se repite con el del relato inicial, donde mencioné que se narran los orígenes del protagonista de la obra, el extraño sin nombre.


[Imagen proveniente de: http://www.velero25.net/images/2004/jul2004/legion146.jpg]



domingo, 29 de noviembre de 2009

CAN COSMONAUTA


A falta de tiempo, que no de temas sobre los que tratar en este blog, un servidor ha optado por divulgar un pequeño relato breve, medianamente relacionado con la ciencia ficción, o mejor dicho, con la exploración espacial. Quede aquí para deleite de quien decida leerlo. Como dijo Cervantes: Dios te guarde, querido lector, y a mi no olvide.

CAN COSMONAUTA

We did not learn enough from the mission to justify the death of the dog

Oleg Gazenko

El fragmento de comida flotaba en el aire, igual que los pájaros que tiempo atrás había intentado cazar en los parques. Pero nunca había visto, ni imaginado, que el alimento volase. Lo miraba con desconfianza. No se atrevía a comerlo. Estaba nerviosa. Todo era tan extraño en ese lugar… Y cada vez hacía más y más calor.

Desde que los amos la encerraran en aquel diminuto habitáculo de metal y la ataran con un arnés a una cesta mullida, todo había transcurrido de manera insólita. Estaba muy nerviosa. Notó al corazón palpitar con tanta fuerza que creyó que escapa­ría del pecho. No residía el problema en el pequeño espacio, dado que muchas veces los amos la habían encerrado durante días, a ella y a otros dos perros, en jaulas donde la movilidad resultaba escasa o nula. Por tanto, estaba acostumbrada a mantenerse quieta durante largos periodos de tiempo.

Otras veces los amos la habían introducido en una cápsula y una extraña fuerza la había golpeado hacia atrás, pero nada comparado a la enorme presión que le oprimió todo el cuerpo, durante largos y agónicos minutos, contra el acolchado de la cesta. Era como si cientos de agujas invisibles punzaran su cabeza. Creyó que iba a estallar. Su respiración aumentó enormemente. Ni siquiera consiguió aullar el dolor que la afligía. Pero ese calvario acabó, y su sustituto no fue más magnánimo: una sensación de ingravidez, como si pe­sase mucho menos, como si tuviera el cuerpo más ligero de lo habitual.

Intentó huir a sus recuerdos, a viejos tiempos en que correteaba por la calles de la gran ciudad, en libertad, mendigando comida con cara de pena a los transeúntes, o buscándo­la en vertederos y basureros; peleándose con otros perros que también querían comer; compartiendo, en época de celo, su intimidad con aquel macho que hubiera derrotado al resto de pretendientes. Aquellos fueron momentos felices, aunque pasase gran parte del tiempo sola. Pero jamás sufrió tanta soledad como ahora, atada a un arnés que sólo le permitía sentarse, ponerse de pie o acostarse, en la pequeña cesta, cohabitando con la ingravidez.

En el cubículo, fuera de su alcance, había numerosos cables y luces que parpa­deaban con diversos colores. Seguía los saltos de luz con la mirada, pero tantos estímulos la saturaban. En una esquina un cable suelto se balanceaba libremente hacia arriba. Ella lo contempló con curiosidad, sin entender que no le pesase la fuerza del suelo.

La tristeza le marchitó el rostro. No comprendía cómo ellos, dioses capaces de trans­formar objetos a su alrededor, la habían abandonado allí. Sentía devoción por sus bípe­dos amos, y ellos le pagaban su fidelidad con trato cruel, y a su pesar era incapaz de enfadarse con ellos. Recordó cómo, poco tiempo atrás –menos de lo que tarda el sol en salir y es­conderse-, la cogieron, la envolvieron en un extraño traje, le limpiaron el bello con un líquido que le dejó un tono blancuzco, y finalmente le aplicaron un ungüento en deter­minadas zonas de su cuerpo.

Después, atada con correa, la condujeron por las instalaciones, hacia el exterior. En esos momentos meneaba el rabo con frenesí, impulso inconsciente de felicidad, pensando que darían un paseo por el campo y que correría a sus anchas sobre la húmeda hierba o el áspero asfalto.

No fue así. La acercaban hacia una gran construcción. Tenía la forma de un palo derecho, alzado hacia el cielo, pero de colosal altura, como la medida de diecisiete amos juntos aproximadamente. Era demasiado grande. Se acobardó un instante, pero tiraron de la correa. No quería acercarse, pero el fervor que sentía por el amo le hizo caminar a su vera, con el rabo entre las piernas.

Probablemente fuese construcción de los amos. Ellos eran listos. Construían cosas con las manos, con esos dedos prensiles y ágiles. Ella no tenía dedos tan articulados, no po­día construir, pero podía correr. Correr… ¡Qué deseos de libertad, movimiento ágil que sesga el viento, sobre la hierba verde de un prado en primavera! Ahora, atada al arnés, casi no podía ni moverse. Estaba muy nerviosa y hacía cada vez más calor. Intentó concienciarse de que los amos la habrían encerrado allí por alguna razón.

Recordó que, una vez llegados a los pies de la gigantesca construcción, la guiaron hasta el habitáculo a través de una de esas cajas de metal que se elevaban del suelo. Ya lo había visto innu­merable cantidad de veces: se cerraban las puertas y al abrirse aparecía en otro sitio. Nunca pretendió comprender su mecanismo, simplemente desenvolverse en él. Esa caja metálica le llevó a una pasarela. Se podía ver a través de las rejillas la lejanía del suelo. Mirar hacia abajo le mareaba y levantó la vista al frente. Había una puertecita redonda, pequeña incluso para sus erguidos amos. Dentro se observaba el pequeño cubículo con la cesta acolchada.

Aquello no le olía bien. Agudizó los sentidos. Se le erizaron los pelos de la espalda. Alzo la cola en señal de peligro. Los amos tiraban de la correa, la acercaban hacia el agujero. Ella intentó resistirse, pero tanto se empeñaban los humanos y tanta era su confianza en ellos que finalmente se dejó arrastrar.

La introdujeron en la cápsula, la acomodaron en la cesta, le pusieron unos aparatos en la piel, allí donde antes le había aplicado un ungüento. La molestaban, pero no podía al­canzar a quitárselos con la boca. Le ataron el arnés y a partir de ahí todo fue a peor: la gran presión, el dolor, el corazón palpitando, el calor que no cesaba de aumentar, la extraña comida que olía a comida, pero no parecía comida, y que, además, volaba…

Alguno de los mecanismos allí reinantes se activó y depositó un cubo de gelatina a sus pies. Enseguida empezó a levitar por el plato. Más por hambre que por indecisión, se animó a morderlo. Estaba bueno y quedó satisfecha. Aún así, seguía nerviosa. Su cora­zón bombeaba sangre a gran velocidad. Su respiración permanecía acelerada. Todo re­sultaba excesivamente extraño. Nada que ver con la pequeñísima jaula donde muchas veces la habían dejado.

Quería volver; quería que los amos la sacaran de aque­lla cápsula. Allí hacía mucho, mucho calor. Su hocico estaba seco. Sacó la lengua, ja­deante, con esperanza de refrigerar su deshidratado cuerpo. Deseó corretear de nuevo, libremente, por el asfalto de la gran ciudad. Pero ya con gran dificultad podía levantar el hocico. Se le iba la cabeza. Hacía tanto, tantísimo calor…

[fin]


miércoles, 23 de septiembre de 2009

UN VISITANTE DESAGRADECIDO

He continuado con la lectura del maestro Clarke, de quien ya reseñé El fin de la infancia (Chilhood's end, 1954) en el presente blog. En esta ocasión opté por una novela posterior en el tiempo, Cita con Rama (Rendezvous with Rama, 1973), libro que, en opinión de los críticos Rabkin y Scholes[1], comparte algunas cualidades con La invencible, de Stanislaw Lem, de 1964. Además, es ganadora del premio Hugo y del premio Nébula.


El argumento se estructura en una intriga creciente que no termina de resolverse por completo. Clarke deja agujeros en la historia como muestra del los límites del conocimiento y la percepción humanos. Así, la novela narra la llegada al sistema solar de un meteorito de comportamiento inusual cuyo rumbo pretende utilizar la gravedad de nuestro sol como impulso hacia su destino, el cual se ignora.


La humanidad envía una nave, el Endeavour, para explorar al extraño visitante. El misterio crece cuando descubren en su interior un mundo, con lo cual se postura una de las dos hipótesis acerca de los viajes espaciales: el de la nave intergeneracional. La exploración se convierte en una carrera para desvelar la identidad de los constructores de tamaña obra antes de que éste alcance el perihelio del Sol que le propulsará hacia las estrellas. Cuanto más cerca del nuestro astro, más vida generará el mundo interior del meteorito y mayores serán las incógnitas que se plantea la tripulación del Endeavour.


Se me ocurre un símil para explicar la obra. Un anciano vive en un pueblo pequeño que tiene una gasolinera. Todos los días se sienta en un banco a la vera del expendedor de combustible. Un día viene un coche con varios ocupantes, recarga el depósito y se marcha. El anciano, pensativo, se pregunta: ¿Dónde irán? ¿De dónde venían? ¿Cuáles eran sus nombres? ¿Y el propósito de su viaje?... Por tanto, el ser humano aparece en esta novela limitado por su percepción de la realidad, incapaz de aprehender la totalidad de su entorno.


En Cita con Rama Clarke también nos presenta una visión futurista de la humanidad muy cercana. El hombre ha mejorado la exploración espacial y colonizado casi todos los planetas del sistema solar, detalle que aparece en numerosas obra de CF ambientadas en un futuro no excesivamente lejano como es el de los imperios galácticos (me viene a la mente ahora el relato de J. M. Aguilera El bosque de hielo). Clarke explica cómo la humanidad se rige por un consejo donde participa un miembro de cada planeta habitado y nuestra luna. Cada uno funciona como un país independiente.


Sorprende también encontrar en la tripulación de la nave tres chimpancés cuya inteligencia ha sido aumentada. Todos estos detalles fomentan que el futuro presentado por Clarke se vuelva cercano y verosímil, a pesar de las circunstancias actuales en las que está sumida la humanidad. Otros aspectos se esbozan en la obra, cuyo desarrollo habría condensado la narración, como la poligamia, las consecuencias físicas de un hábitat en diferentes gravedades a la de la tierra, etc.


Su aspecto más negativo, sin duda, es la incapacidad de Clarke de abordar con mayor profundidad la psique de los personajes (más planos que el encefalograma de un ladrillo, Manuel Pancorbo en http://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op00070.htm ). Su misterio alcanza al hombre como especie, perdido en la inmensidad del cosmos, pero los personajes de la novela son planos, tipos, sin profundidad, casi sin disyuntivas, sin conflictos internos, excesivamente racionales, y sin evolución alguna a lo largo de la novela, a pesar de los grandes misterios que les rodean.


En conclusión, se puede etiquetar Cita con Rama como una novela de primer contacto, en este caso, frustrado. Además, la frase final (los ramanes lo hacían todo por triplicado), deja abierta toda una serie de hipótesis, y, en especial, justifica las posteriores secuelas que Clarke escribió junto a Gentry Lee, aunque se las tilda de peor calidad.


Por otro lado, en esta obra se aprecia mejor el cultivo del género hard propio del autor británico, dado el rigor científico con el que se trata la novela. Y sino, como ejemplo, vease el tratamiento que otorga Clarke al mar, encerrado por lo acantilados de los dos continente de Rama, como si fuese una tobera que permitiera transformar la energía potencial de un fluido en energía cinética.


Foto proveniente de:

[http://blogs.gamefilia.com/files/imce/u393921/rama.jpg]



[1] Scholes, Robert y Eric S. Rabkin, La ciencia ficción: historia, ciencia, perspectiva, Taurus, Madrid, 1982, pág. 98.


martes, 8 de septiembre de 2009

DE PIGMALIÓN AL ROBOT (PARTE II)



[Continuación del artículo anterior. Pequeña revisión personal de la temática del robot en la Ciencia Ficción.]


Tras los Capek, es en el cine expresionista alemán donde encontramos el siguiente caso celebre, pero ahora hablamos de un androide, el de Metrópolis. El científico Rotwand construye el robot por la obsesión que tiene de superar la pérdida de su amada. Es el ansia de amor que acoge a todos los personajes de la película, pero que en el científico y en su creación tecnológica se remite al mito de Pigmalión, solo que tecnificado.


Seguidamente hay que destacar la influencia de Isaac Asimov, no sólo por la creación de las ya clásicas tres leyes de la robótica, sino por la novelización de todas las problemáticas que puede generar la coexistencia entre el hombre y la máquina. Asimov es un escritor donde, sin duda, la idea es la base, el medio y el fin de la creación literaria, y a la idea supedita todo lo demás. En sus visiones el robot se aleja de posturas serviles y se acerca más a la versión fatal del mito del Golem en que se rebela contra su creador, quien debe escribir en su mente muerte para que la creación se detenga.

Así pasamos a las nuevas visiones del robot, una evolución en diversos sentidos. Para unos el robot se equipara al ser humano, como sucede en la obra de Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Dream android with electric sheeps?, 1968), cuya versión cinematográfica, Blade Runner (Ridley Scott, 1982), ha dejado ya huella no sólo en la ciencia ficción, sino en el cine en general. Su lema reza: Man has made his macht… now is his problem (El hombre ha construido su igual… ahora es su problema). Por tanto, la creación por una especie de otra idéntica que deba coexistir en el mismo ecosistema conlleva el enfrentamiento y la aniquilación de una de esas dos especies. Este precepto es la base para todos los libros y películas que relatan una guerra entre humanos y máquinas.


Los últimos pasos se han dirigido al desarrollo de una posible sociedad mecánica, autoconfigurada por máquinas, como son las sociedades que se pueden observar en películas como Matrix (1999), Terminator (1984) o incluso la raza de los Borg en Star trek. Una sociedad de máquinas adopta la forma de la mente colmena, dirigida por un solo ente pensante, como la que desarrollo Heinlein para sus alienígenas en Brigadas espaciales (Starship Troppers, premio Hugo en 1960). Pero este detalle relaciona el tema del robot con el de la I. A. (Inteligencia Artificial), una nueva vía temática de la CF que reactualiza, a mi juicio, las historias de las máquinas artificiales.


Finalmente llegamos hasta la actualidad, donde se han establecido tres categorías en el estudio de esta temática de CF. El robot hoy designa a una máquina cuyo diseño responde a la realización de una función específica. Por otro lado está el androide, es decir, el robot cuya estructura imita la forma humana. Y finalmente la imaginería fantacientífica idea el ciborg (cibernetic organism, organismo cibernético), donde a la forma humana se le agregaba la apariencia hasta el punto de que sólo la composición interna diferenciase un humano de un ciborg.

Hay una lectura que cada vez se resalta más: el hombre no puede crear vida, no puede jugar a ser Dios, porque no es un dios. Cuando lo pretende, fracasa, y las consecuencias pueden ser atenuadas o absolutamente fatales. Esta es la lección moral que pretende transmitir la ciencia ficción, casi siempre erigida como un “aviso para caminantes”, con la habitual –pero no intrínseca- tendencia a advertir sobre los peligros del futuro a partir de la hipérbole de un elemento presente.


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